




Ya les escribiré un poco más adelante, estamos en la feria y termina el próximo Domingo. Mientras tanto los dejo con algunas fotos en esta extraña ciudad.
Relatos de viaje y de mi vida en este mundo.

Aquí con una presentadora de noticias que se llama Jimena y que me entrevistó en la feria del libro. (Por cierto, la feria está de pelos, creo que vamos por la venta total del inventario).


Llegué al carro y tardé como 10 minutos congelándome afuera hasta que me di cuenta que Manuel estaba adentro, profundamente dormido. Luego bajamos y me tomó ésta foto al lado del lago.
Aqui salgo con Manuel Topaipí, ¿Si ven que se parece a Lucho Garzón?
Al sol a veces se le ocurría asomarse, y cuando lo hacía, el viento parecía detenerse y yo aprovechaba para avanzar.
Pero luego el viento se fortalecía y las rocas erán aún más grandes por lo que ya no podía caminar tan fácilmente. Comencé a andar como los simios, en 4 patas.
De vez en cuando me detenía y sentía miedo pero miraba hacia arriba y sentía que ya no estaba tan lejos, pero también miraba hacia abajo y sentía que podría perderme muy fácilmente.
En ocasiones sentía que si el viento me tumbaba saldría rodando sin poder detenerme.
La foto que sigue, la tomé mientras la niebla cubría la nieve en la cima.
Creo que la cuesta era como de unos 45 grados.
Creo que subí hasta los 5.000 metros, me faltaba el aire, y me sobraba mucho miedo.
Sentí que podría no regresar, sentí que mi sueño se alejaba y sentí muchas ganas de llorar.
Debí haber llorado, así de pronto mis lágrimas se habrían convertido en un copo de nieve y habría podido tocarla.
Me acosté en la ladera entre las piedras, saqué mi cámara y tomé fotos en los 4 puntos cardinales para poder documentar luego ¿por qué me devolvía?, y no sentirme tan mal por fracasar.
Tomé la decisión de regresar cuando aún me faltaban unos 300 metros que parecían 1 kilómetro. También tomé un corto clip de video con la emoción que sentía en ese lugar, tal vez algún día lo pueda publicar y lo puedan ver. Era una mezcla de cansancio, rabia y mucho miedo.
Esta foto era hacia abajo.
Esta foto era hacia mi derecha.
Esta foto era hacia arriba.
Esta foto era hacia arriba (pero con zoom).
Mientras seguía subiendo también me tranquilizó ver que en las piedras a la orilla del camino había nombres anotados en tiza blanca.
Finalmente luego de mas o menos 30 minutos de caminar llegué a los 4.800 metros, preguntándome seriamente como hacen los alpinistas que van sobre los 8.000 metros.
Entré al refugio y encontré mas o menos unos 6 montañistas europeos, dos de ellos habían hecho cumbre la noche anterior y los otros se disponían a subir. Luego vi que muchos de ellos tenían comida y estaban cocinando algo en los fogones, yo caí en cuenta que no había traído nada de comer, ya era casi medio día.
Luego de un rato de hacer intentos fallidos para calentarme las manos y secar mi ropa, apareció una persona que no había visto, era un ecuatoriano que me ofrecio chocolate caliente y sopa de verduras por $US 4.

Pregunté entonces a cuánto estaba el segundo refugio, y me contaron que allí no había segundo refugio, que el primer "refugio" era el estacionamiento y que el segundo era ese donde nos encontrábamos en ese momento.
Pero la nieve yo la veía lejísimos y sentía que tenía que llegara a ella.
Luego de 40 minutos salí y encontré una guía ecuatoriana muy amable que me dijo que la nieve no estaba tan lejos, que por ahí a 40 minutos podría encontrarla si caminaba por la derecha donde había camino.
Me aventuré entonces a salir sólo. La señora tenía razón, había un camino, pero luego de 10 minutos el camino se acabó y sólo encontré un abismo al frente. Entonces decicí comenzar a subir. El abismo es el que se ve en la foto.

Avanzamos casi todo el tiempo entre curvas hasta que nos topamos con una recta que habría un gran espacio al frente y yo estaba distraído mirando hacia adelante y tomando la foto que adjunto abajo, cuando me di cuenta de que me estaba perdiendo de un espectáculo a mi derecha.
Era el Cotopaxi que finalmente descubría su manto de nubes para dejarme ver su rostro imponente. Se veía hermosísimo y a mí se me henchía la panza de pensar que estaba cerca de tocar la nieve. A la izquierda se asomaba un lindo lago que fotografié al regreso y en su ribera se alcanzaban a ver caballos salvajes con su crin peludo y denso.
Después de la gran recta comenzamos a subir en curvas y tuve que cerrar la ventana para evitar que el polvo se metiera entre mis ojos. Mas o menos recorrimos 20 minutos más serpenteando en subida hasta que llegamos a un "estacionamiento" en el que había algunos carros. Ahí fue cuando Manuel muy amablemente me dijo -Hasta aquí llegamos!- y me pidió que me bajara del vehículo y caminara en línea recta hacia arriba, que tuviera cuidado porque había abismos a lado y lado y que mas arriba encontraría un refugio.
Estaba haciendo muchísimo viento y también llovían pequeñas gotas que se estrallaban con fuerza en mi cara. Por alguna razón que no podría explicar, me había aventurado hacia el Cotopaxi sin comida, sin guantes y sin gorro. Afortunadamente en el camino de subida, Manuel se detuvo en una pequeña tienda de palo en la que compré un gorrito negro con un logo mal bordado que decía "Parque Cotopaxi", y que agradecí mientras caminaba.
Comencé a andar muy rápido porque seguía con muchas ansias por llegar. Según lo que me habían dicho la nieve se podía tocar desde un supuesto segundo refugio y yo estaba decidido a llegar hasta él. Pero cuando había avanzado 50 metros sentí que el aire me faltaba y tuve que reducir la velocidad y empezar a dar pasos lentos. La lluvia ligera en unos segundos me empapó la ropa y el agua se comenzó a mezclar con mi mocos que se me escurrían sin que me diera cuenta (cosa que no importaba mucho porque toda la mezcla se la llevaba el viento, ¡Algo de mi se quedó en el Cotopaxi).
Después de un tiempo me di cuenta que la cámara que tenía en el bolsillo se estaba mojando y me descolgué el morral para guardarla pero el viento casi se la lleva a hacerle compañía a los mocos.
Ahí ya comencé a asustarme un poco y a sentirme un poco solo, porque veía que nadie más subía conmigo, pero avancé un poco más y desde lejos alcancé a ver el refugio.
Nadie me había advertido que estaba tan arriba.
Voy a seguir narrando en la segunda parte.
En el callejón de la muerte.
(Si te descuidas, las paredes se juntan hasta espicharte)
















