
-Yo llegué a Bogotá cuando tenía 14 años y de esto no existía ni el cuento- decía hoy mi abuelita Helena mientras miraba desde afuera el nuevo Centro Comercial Santafé.
Hoy sábado cuando iba saliendo de mi apartamento se me ocurrió decirle que me acompañara y después de unas horas de compartir con ella, caí en cuenta que algunas veces había ido a visitarla, pero nunca le había pedido que saliera conmigo a pasear, y mucho menos, de compras a un centro comercial.
Cuando le pregunté si quería ir, ella me respondió con otra pregunta, -¿y si estoy bien vestida?- y el botón del sagrado corazón de Jesús en su pecho me hizo una mueca, -espere me pongo los zapatos-.
Cuando íbamos caminando de la mano por los pasillos atestados de gente que ya no sale a caminar al campo, yo iba de la mano de mi abuelita, una manito cálida y blanca, una manito que faltando sólo unos días para mi viaje quise aferrar muy fuerte.
-Tanta bregadera para acabar todos muerticos-, dijo mientras íbamos en el carro en medio de un trancón de personas sumergidas en la ciudad, y me dio risa que dijera con tan poca trascendencia algo que me habría gustado escribir con letras de oro en la puerta de mi oficina.
Recorriendo las distintas plazas del Santafé, caminé con ella de la plaza Perú a la plaza Boliva, y de la plaza Colombia a la Plaza Ecuador, y mientras eso ocurría estaba seguro de que llevaría en mi corazón a mi abuelita, porque ella aún tiene miedo de subir por las escaleras eléctricas y no entiende por qué le colocan un pedazo de plástico a la ropa para evitar que se la roben, porque ella habla con todos los extraños como quien está seguro que todas las almas son tan blancas como la suya.
Y desearía a su edad poder conservar esa ingenuidad con que me pide que la lleve a comer un helado de ron con pasas, desearía a mi edad caminar tan despacio como ella lo hace.
Más tarde cuando estábamos en el Éxito, de pronto en el altavoz comenzó a sonar una voz que repetía muy rápido -Dónde está la bolita, dónde está la bolita-, y a mi me parecía que decía -¡Dónde está la abuelita, dónde está la abuelita!-, y tuve en ese instante la fortuna de apretar mi mano y sentirla a mi lado, pero creo que esperé demasiado para eso, desde hace tiempo que sabía donde encontrar a mi abuelita, pero nunca la había llevado conmigo.