11 septiembre, 2006

Las fotos de la Historia No.1

El burrito cansado de cargar nuestro desorden.


Aquí estamos de izquierda a derecha: Orna, Sebastian, Nadav, Andrés, Amit, Hagar (Espero que el nombre esté bien escrito), y abajo está Mike y Antonio (que me regaló un libro de Isabel Allende y una moneda chilena, para prepararme para Chile).


Aquí somos más...
En la fila de arriba, de izquierda a derecha: Antonio, Sebastian, Raquel, Amit, Max, Gali, Andrés.
En la fila de abajo, de izquierda a derecha: Edwin, Mike, Hagar, Rotem, Nadav.


Tal vez sólo sea una historia...

Salimos muy temprano, éramos más de trece y entre todos sumábamos más de siete nacionalidades. Como interesante la cosa, porque entre tantas diferencias siempre podemos construir problemas, regalarnos soluciones, cargarnos las cargas y mirarnos escurrir las lágrimas. Veníamos de Israel, Colombia, Francia, Holanda, Inglaterra, España, y Australia.

Y el idioma común: El inglés, que vivan los gringos si es que ellos son los responsables de que haya una lengua común. No importa, que de hablar desde el corazón nos encargamos nosotros.

Quedamos en que “Salimos muy temprano”. Y entonces iniciamos la caminata, al principio muy enérgicos y bromistas, al final ya la sonrisa se nos había congelado con el frío que impulsaba la caída de la noche. Los primeros pasos los habíamos acompañado con agua y fotos divertidas, luego llegó el sol traicionero, atrajo los insectos y espantó todas las nubes. Es el sol de los más de 3.500 metros. Ese mismo que acompañó a Pizarro mientras ordenaba la muerte de Atahualpa.

El primer campamento lo alcanzamos hacia las 5 de la tarde, fuimos llegando graneaditos, porque en el camino solo cabemos de a uno, y porque así también es la selección natural.
En unos minutos el sol traicionero se ocultó, porque los traicioneros siempre se esconden luego del crimen, y entonces nos quedamos congelándonos con un frío espantoso. Pero estábamos contentos, aprendiendo nuestros nombres, organizando nuestra carpa, bebiendo té de coca y esperando la noche. Pero esa noche me enfermé.
Llevaba algunos días estreñido y al fin esa noche mi cuerpo hizo de las suyas.

Es entonces cuando regreso a escribir que el cuento éste del arco iris no es cuento, y que todos tenemos nuestros angelitos que acuden antes de que los necesitemos. Estoy sentado en la carpa comedor y me comienzan unos retorcijones de esos que te ponen la piel de gallina y te hacen sonrojar, entonces me tocó al fin salirme. Pero Orna, la niña de Israel, la que había conocido en Vilcabamba y a la que le había enseñado canciones infantiles en español, se dió cuenta.

Estaba tratando de entrar a oscuras a mi carpa, se me acercó y me preguntó si me sentía bien.
Entonces le conté la historia (con pobre inglés) y ella me entregó un rollo de papel, su linterna de cabeza (de esas que usan los mineros) y me convenció de tomar una pastilla para la fiebre.
Fue como un ángel porque lo cierto es que la letrina que hace de baño es un hueco en el que tienes que tener las manos libres para poder tenerte de las paredes, y ¿Cómo hace uno para tenerse de las paredes de una letrina, sostener una linterna y limpiarse? Ni modos, necesitaba una linterna de cabeza.
Esa noche fué una noche de perros, pero me sentía super contento de haber recibido la ayuda de Orna (que se pronuncia Ogna porque se pronuncia en hebreo). Ella no se fué a dormir hasta que me dejó super empacado en el sleeping, con un saco térmico adicional y una bufanda en el cuello.

Al día siguiente partimos como a las diez porque la marcha no era larga.
Yo estaba un poco débil pero Orna y su amigo, que también es mi amigo, Nadav, no se separaron de mí y no pararon de preguntarme si me sentía mejor (Que grandes amigos son los israelitas, entre ellos son compactos como el hielo pero dejan grietas para que cualquier otro pueda adherirse).

Con el efecto de la pastilla mágica ya no tenía que ir al “baño”, pero iba caminando lento como un chancho. El paisaje se fue poniendo más bonito y las montañas y los lagos fueron apareciendo en una pintura de azules y verdes. Llegamos de últimos al campamento pero durante el camino yo tuve tiempo de recuperarme y de compartir con ellos algunos ositos de gomita y muchas historias. Esa noche el enfermo fué mi compañero de carpa, el holandés gigante, Sebastian, eran 2 metros y 100 kilos de enfermedad. Y era muy gracioso porque yo a su lado parecía como David junto a Goliat. Bueno, el caso es que se enfermó, y esa noche no paró de tiritar. Pobre. Es muy buena gente.

Llegó la mañana y fue increíble encontrar hielo ligero y escarchado sobre las carpas, y ver la luz del sol penetrar en la niebla de las montañas blancas. Fue un bonito despertar, a 4.200 metros de altura, fríos pero muy contentos. Es un aire que te duele respirar por la nariz, entonces respiras por la boca, pero no la puedes abrir mucho porque entonces se te meten adentro los mocos que se te escurren de la nariz, ¡Guácala!, que aquí también dicen ¡Guácala! (Pero no se cómo decir Guácala en inglés).

Ese día sí salimos temprano, porque era el día más fuerte. Caminaríamos por más de 7 horas, que al final terminaron siendo 10 y cruzaríamos por el punto más alto a más de 4.700 metros.
Iniciamos pero ahora era el turno de Orna para la enfermedad, y a ella sí le dió con todo porque lo cierto es que caminaba 20 pasos y tenía que sentarse. Estaba mareada y parecía imposible que pudiera avanzar. Nos rezagamos Nadav, Orna y yo. El guía era un peruanito buena gente y paciente, pero un poco pervertido como varios de los hombres peruanos que he conocido hasta el momento, no paran de hacer comentarios desagradables sobre las mujeres, y como nadie habla español entonces les importa poco.

El caso es que el guía se llamaba Edwin.
Edwin se dió cuenta de que Orna no aguantaba y les tocó descargar un caballo y repartirse las maletas entre los arrieros y los cocineros. Y Orna tuvo que subir sobre el caballo sin silla y aferrarse a su crin para no matarse mientras el animal trepaba sobre rocas y acantilados. Duro. Pero llegó bien a la cumbre. Nosotros con Nadav seguimos subiendo lento pero constante y nos turnábamos la maleta de Orna. Teníamos como 2 horas de retraso.

Mientras subíamos la montaña, la nieve se acercó y los lagos volvieron a aparecer. Entonces todo valía la pena, porque todo vale la pena, o si no, no ocurriría.

En el descenso el guía prometió un recorrido de dos horas. Pero en realidad fueron cuatro.

No sé todavía cuál es esa extraña costumbre o falencia mental en el cálculo del tiempo que tienen los suramericanos. Preguntas una distancia. Si dicen que es 500 metros es por que es más de 1 kilómetro. Y si dicen que son 10 minutos es una hora, y si dicen que son 2 horas es porque no vas a llegar hoy. Pues la historia es que casi no llegamos de día. Pero antes de que se oscureciera se apareció Edwin con 2 caballos de rescate y como una de las niñas de Israel no quiso montar pues yo contento ocupé su puesto. Y vi el atardecer montado en un caballo sobre una planicie de pantanos. Muy chévere. Esa noche, unos minutos después de organizar mis cosas, la luna salió por la montaña y parecía un amanecer. Pero no era el nacimiento de un nuevo día, era el nacimiento de una nueva noche.

Dormí como un becerro, soñé además que mi hermana Mónica tenía un bebé, y cuando uno sueña con bebés significa el nacimiento de nuevas ideas o planes.

Despertamos ese último día y sentía nostalgia. Porque mientras dejamos huellas en el camino, el camino se convierte en un lazo que te ata. Habían sido sólo 3 noches pero parecían 6 noches, habían sido 72 horas pero parecían trescientas. ¿Será por eso que los suramericanos no tienen noción del tiempo? Quiero mucho a ese grupo de gente.

En las mañanas siempre se criticaba el pan duro y congelado con el que podías secar cualquier laguna lanzando sólo unos trozos al agua. Y en las noches había chistes, música, baile y muchas risas. Era como una amabilidad constante de todos. Mentira. Mentira. Mentira. Había un francés que se creía distinto y no se acercaba mucho. Pero allá él.

Salimos a las 8 de la mañana y yo sentía que tenía el alma viva, es como cuando sabes que regresarás a casa y te espera la comida caliente y alguien que se interesa en que le cuentes tus hazañas del día.
De camino fueron saliendo cientos de niños peruanitos a pedir dulces. Yo, como no salgo de viaje sin dulces, y como había estado enfermo, tenía mi maleta cargada de Sparkies, gomitas, chocolates y galletas. Entonces comprendí que el universo me había dado la enfermedad para poder guardar los dulces.

Es increíble la carita de esos niños, me fascina. Me fascina ver sus manitas negritas apretando pepitas de colores sin dejar de sonreír. Luego se acabaron los dulces, y entonces por esa sensibilidad que trae la luna llena me dieron ganas de llorar, porque ellos no están pidiendo dinero, sólo están pidiendo un caramelo. Pero bueno, tal vez solo sean sensibilidades. Tal vez sólo sea esa pobreza que te genera tantas dudas sobre la dirección de tu vida. Tal vez sólo sea esa sensación de que no hay nada que puedas hacer.

Seguimos caminando y como se acabaron los dulces, también se acabaron los niños. Caminamos hasta las 12 de la tarde subiendo una de las más empinadas cuestas que habíamos caminado y llegamos al bus, el tour había terminado.

Este fué el viaje, creo que fué importante para mi, pero tal vez sólo sea una historia.







Aquí estoy, (de izquierda a derecha) con Nadav, Orna y Gali.

¡Huash! Huaraz

Nunca escuché hablar de Huaraz, ni en el colegio recuerdo que me hablaran de la cordillera blanca del Perú, Huaraz no estaba en mis planes.
Pero allá llegué un día a las 6 de la mañana sin saber mucho y con la recomendación de un hostal de nombre Caroline donde me recibieron con un buen desayuno y una invitación a jugar Bingo. Por sólo 10 soles diarios (mas o menos 3 dólares) una familia se encarga de recibir huéspedes a los que tratan como a sus más allegados y los acomodan en más de 7 habitaciones atestadas de camas, desorden y amistosos israelitas (es que es muy difícil encontrar uno que no sea amistoso).
Acomodado y luego de haber pasado la mañana y parte de la tarde bajo un sol urticante jugando Bingo en un colegio de Huaraz, salí en la búsqueda de mis amigos de Israel que había conocido en Vilcabamba (Ecuador). Y los encontré.
Ellos ya tenían programado un viaje de 4 días por una ruta que se llama Santa Cruz y yo sin pensarlo mucho me decidí a acompañarlos, según decían, era uno de los más fáciles y hermosos recorridos. Contrataríamos la carga del equipo, alguien llevaría y armaría las carpas, seríamos asistidos por un cocinero y nosotros sólo debíamos mantenernos en pie. Así quedó arreglado.
Como aún había dos días para partir, decidí ir a las lagunas de Yanganuco el día siguiente. Era un viaje de sólo 2 horas.
Esa mañana apareció en mi habitación Sebastian, un gigante holandés con el que hicimos conexión de inmediato y se animó a acompañarme en su primer día en Suramérica. Fue un recorrido fácil para un premio tan bueno.
Encontramos una laguna entre la montaña, un producto del derretido glacial que se ha vuelto azul, por las algas, por la luz del cielo que se refleja, por la gracia de la naturaleza, y por esas cosas que no puedes explicar, porque… ¿Cómo se explica que justo donde muere el celeste es donde nace la roca?
Y las playas… ¡Que alguien dijo que no son playas!
Pero, ¡qué importa que no lo sean!. Igual caminé sobre ellas y escuché olas estrellarse contra mis pies, igual me sentí en el paraíso. ¡Que importa que no sean playas!. El agua estaba helada, pero se sentía calido en mi corazón achantado y recogido. Estas son las fotos… La historia del recorrido de 4 días está en la siguiente actualización.






01 septiembre, 2006

¡¡ Loros en Trujillo !!

Hoy salí a conocer Huanchaco, el primer lugar que encontré fué un muelle en el que te venden un Nylon y pequeñas conchitas que sirven de carnada. Pagué 3 soles y en 1 hora saqué 3 pececitos. El que aparece en la foto es uno de ellos... ¡¡Muy divertido!!
Sólo que luego te dan otra carnada que son pequeñas cucarachas marinas a las que debes clavarles el anzuelo mientras baten sus patitas... no fuí capaz... tuve que devolver el naylon y la bolsa llena de cucarachas.

Cuando estaba en el muelle un señor se acercó a venderme unos peces hechos por niños de una congregación que se llama Victory Fellowship. Son niños que muchas veces han sido recuperados de las calles o son hijos de personas que están saliendo de problemas con las drogas. No le compré. Pero le pregunté dónde quedaba el lugar y me llevó, en la tarde al sitio de Huanchaco, y en la noche al que queda en Trujillo.

Hicimos una granja de animales en Huanchaco, y loros de colores en Trujillo. Muy enriquecedor como siempre.

Por cierto, me impresiona mucho el culto que hacen en su iglesia, cantan, bailan y la pasan bien, y eso lo hacen todos los días... Creo que es bastante animado tratándose de un culto religioso, me gusta mucho mas que el lúgubre y triste ambiente de las iglesias plagadas de estatuas en sufrimiento. La religión debería ser algo que sea como lo que allí vi. Una Fiesta.

Aquí estoy con los niños de Trujillo...

Aaaa!!! esta es una foto suelta de las ruinas de Chan Chan, la ciudad de barro más grande del mundo...


29 agosto, 2006

Las Primeras Fotos de Perú




¡¡¡En Perú!!!

La frontera


Sembrados de arroz luego de cruzar la frontera...

Al principio el camino es un animal gigante y crees que te va a tragar entero. Cuando salí hace dos meses, pensaba que el trayecto de 2 horas de Bogotá a Melgar era gigante y aburridísimo, ¿o que tal 8 horas hasta Medellín?, ¿o 10 hasta Cali?. Ni hablar de un viaje en auto de Bogotá hasta la costa atlántica. ¿O que tal… en bus? ¿Y que tal si va haciendo paradas en las ciudades principales? Pero ahora un trayecto medianamente interesante no baja de 6 horas, y uno muy interesante está sobre las 12 horas. Ayer salí de Vilcabamba a las siete y media de la mañana, llegué a Loja 1 hora y media después, es decir, a las nueve. A las diez salí en otro bus para Macará, en la frontera. Llegué a las tres. Ahí duré 1 hora cruzando la frontera no sin omitir los comentarios incómodos recibidos en inmigración: “¿A cómo está el kilo en Colombia?”, “Pero… para viajar de esa manera tiene que ser porque tenía un trabajo muy bien pago…” , “¿Y en esa maleta cuántos kilos podrán caber?”. Menos mal que antes de irme mi primo Fernando, odontólogo, me hizo el blanqueamiento de dientes, con ellos pude devorar de una sonrisa el gusano asesino que me bailó en el estómago y que quería salir y tragarse de un bocado a los suboficiales. Luego tomé un taxi-colectivo que en 2 horas y media me dejó en Sullana, ahí tomé un moto taxi que me dejó en el Terminal donde tomé otro bus que a las 12 de la noche me dejó en Chiclayo, ¡¡¡En Peruuú!!! Y es que yo no sé por qué se me metió en la cabeza que tenía que llegar a Chiclayo el mismo día, en la noche me reprendí por ser tan codicioso y querer andar tanto en poco tiempo. Lo bueno es que ésta mañana cuando salí a pasear, tuve mi recompensa… Más abajo están las fotos...


Estas fotos y las demás arriba son en las ruinas de Túcume.




Y las fotos que estaban más arriba...

¡¡¡Más Amigos!!!

Tal vez una de las mayores sorpresas que he tenido en el viaje es haber descubierto que puedo adquirir amigos sin perder mi timidez, y que puedo salir a la calle sin peinarme.
El segundo día en Vilcabamba, mientras subía por unas piedras en forma de indígena durmiente, encontré 4 israelitas en mi camino. Simplemente hablamos del sendero, de la posibilidad de caer, del fuerte viento, de Ecuador y sus costumbres.
Pero yo como soy tímido, pero mi curiosidad es más grande que mi timidez, no me pude aguantar las ganas de preguntarles qué pensaban de la guerra, de los feroces ataques de Israel en Líbano, de los niños muertos y sus sentimientos.
La curiosidad mató la timidez, pero la curiosidad también mató al gato. Uno de ellos respondió feroz que todo estaba justificado, que los árabes se habían llevado a dos de sus compatriotas, que Israel había sido benévolo y que los palestinos no habían sabido responder a su benevolencia. El otro respondió que todo era absurdo, que después de los ataques sólo se podría esperar más violencia, que era imposible querer llegar a la paz usando las armas, que nunca se justificaría la muerte de miles de personas y la destrucción de un país por el secuestro de 2 personas.
Seguramente no debí preguntar. Pero es que andaba con un gran peso desde que había visto casi llorar al Arabito del restaurante de Guayaquil mientras leía el periódico unas semanas atrás. Y tengo que decir que me gustó el segundo punto de vista porque si las fronteras y otras tonterías no existieran, valdría igual la vida de un israelí que la vida de un libanés, y valdría igual la vida de un colombiano que la de un ecuatoriano, y aún mas allá de eso, si pienso en la gente de distintas nacionalidades que voy conociendo en el viaje, todos han sido muy amables. Ninguno de ellos vale más o menos, porque mientras hablo con ellos observo que somos muy parecidos, mucho más parecidos de lo que jamás pensé… Les gusta conversar, les gusta bailar, les gusta ayudar, les gusta criticar, les gusta vivir, les gusta viajar, les gusta el café, les gusta encontrar un hostal agradable, les gusta caminar por los parques, les gusta opinar y tienen diferentes opiniones. Es que tal vez vivimos en distintos países, pero habitamos el mismo planeta.


Estas son las montañas en forma de mujer durmiente.

Esta es la foto que nos tomamos con Ohad en la cima de la montaña. Uno de los israelíes que conocí me preguntó ¿Por qué clavan cruces en la cumbre de todas las montañas?, también me preguntó, ¿Por qué construyen casas sobre columnas de madera?, también me preguntó, ¿Por qué las personas ancianas cargan cosas más pesadas que las personas jóvenes?
Es que somos distintos en la forma, pero en lo fundamental somos iguales. El también es muy curioso.


Aquí mientras íbamos bajando, por cierto, yo siempre soy el más viejo en todos los grupos, casi toda la gente tiene entre 23 y 25 años, lo bueno es que casi todos parecen mayores que yo.

Aquí después de una noche de baile en Vilcabamba, ¡¡Es que los viejitos también bailan!!

Esta foto es tal vez la que más me gusta de las que nos tomamos...
Aquí estamos de izquierda a derecha: Nadav, Eyal y Orna. Bueno y yo.
Pero ésta foto la tomamos en otro paseo al que me invitaron al día siguiente, una gran proeza después de la pregunta imprudente del día anterior.

Y caí en la trampa...


Salí del parque y tomé el bus que me llevaría a Vilcabamba, un pueblo famoso por la longevidad de sus gentes. Seis días después aún me pregunto si es que el tiempo allí pasa muy lento, o si tal vez es que la gente vive más despacio.
Vilcabamba podría ser igual a cualquier otro pueblo, con su iglesia, su parque, sus bancas, sus tiendas y sus niños. Pero es necesario estar allí para sentir como se te olvida que hay un amanecer y un mañana, es como si de inmediato comprendieras que el tiempo es falso, y se te pasan las horas como si fueran mentiras, y puedes irte a dormir y levantarte al día siguiente, y volver a dormir y volver a despertarte, y todo está igual.
Creo que el único que ha muerto de viejo en Vilcabamba es el tiempo.
Estando allí, encerrado una noche en mi habitación, tomé un pequeño espejo de marco azul aguamarina que compré por 25 centavos y me quedé contemplando a un sujeto extraño que me reclamaba el paradero de un hombre de 26 años de peinado pulcro y piel de bebé, un individuo que se levantaba temprano a perder el tiempo y planchar sus camisas, una persona que se decía llamar ejecutivo y que lustraba sus zapatos, un mortal que conducía un automóvil y cambiaba su tiempo por dinero.
Eso pasa en Vilcabamba. Y no le mentí al sujeto del espejo cuando le conté que no sabía a dónde se había ido, tampoco le mentí cuando le dije que ya no me importaba su lugar de residencia. Lo tranquilicé diciéndole que tal vez sólo se había quedado durmiendo en algún rincón de mi persona, pero después volví a decirle la verdad, que tal vez había muerto para siempre. Sé que ya no soy el mismo, y que tal vez lo que ahora soy también muera mañana, y alguien más en el espejo volverá a preguntar donde abandoné mi último disfraz, pero no importa, porque allí estaré para darle alguna explicación.

25 agosto, 2006

Regalo en el Podocarpus

¿Dónde comienza ésta historia?, donde nacen los impulsos. Esos guiados por la emoción, los que alimenta la repentina necesidad de romper la monotonía. Esta historia dio sus primeros pasos en el Centro Comercial Hiper Valle de la ciudad de Loja.
Era de noche y había salido a caminar sin rumbo, fotografiando castillos, memorizando gente. Y después de mucho andar siguiendo las indicaciones de almas extraviadas encontré: Un Supermercado.
Dejé mi morral a la entrada, como es costumbre en todos los mercados del Ecuador, donde cambias tus pertenencias por una ficha de papel, y fui al segundo piso donde a esa hora sólo respiraba un asesor comercial con ganas de irse a descansar. Fue entonces cuando todo se unió: un sleeping de 19 dólares con 50 y un recuerdo de la reserva natural Podocarpus, un parque aparecido en mi guía turística unas horas antes mientras almorzaba, un lugar que me invitaban a conocer pasando la noche en alguna de las cabañas incluidas en los 10 dólares que pagas a la entrada.
Salí a la mañana siguiente muy temprano, empaqué mis pertenencias regadas por la habitación como si las hubiera abandonado alguien que pensaba quedarse más días y partí. Llevaba alimentos para un día, energías para caminar los 8 kilómetros desde la carretera principal hasta el refugio y un sleeping amarillo colgando de una de las tirantas de mi morral.
Caminé al principio con alegría, luego deleitándome con el hermoso paisaje, luego disfrutando de la soledad y el silencio, luego con mucha desesperación porque a cada kilómetro recorrido mis hombros me recordaban que estaba en el Tour de la Langosta, donde llevas liviano el equipaje, no en el Tour del Podocarpus donde tu maleta pesa un kilo más a cada paso. Cuando ya el cansancio me hacía perder las esperanzas volvió a nacer el arco iris y me acordé del día en que perdido con Koji en una carretera, también lo vimos como señal de buen presagio. Y el arco iris no mentía, ahora ya sé que el arco iris nunca miente.
Después de caminar por dos horas y media apareció un joven ecuatoriano de nombre Jaime, que me cobró 10 dólares la entrada, me invitó a que bajara a charlar más tarde y me presentó luego a Don Washo, quien me ofreció algunas de las cabañas, casi todas vacías, en donde podría instalarme.
Las casitas de madera donde te puedes quedar en el Podocarpus son de colores por fuera y de humedad por dentro, de las que vi, sólo una tenía colchones y parecía que alguien había pasado noches enteras llorando sobre ellos. Pero se trataba de la aventura, del parque, de la naturaleza, de la soledad y de lo repentino, entonces puse mi equipaje en el suelo y desempaqué mi sleeping para descubrir que se trataba de uno apropiado para tierra cálida, nunca para el frío abrasador del páramo.
Me senté a la entrada, recordé la invitación de Jaime a charlar y bajé otra vez al refugio.

Ahí fue cuando todo pasó.
Recibí el regalo más grande que cualquiera podría recibir en ese lugar. Una ofrenda que el arco iris había anunciado horas antes.

En medio de un clima que te enfría todo sentimiento, apareció un grupo de estudiantes que a pesar de estar congelados me ofrecieron todo el calor de su amistad. Primero me invitaron a hablar de mi, luego me compartieron de su almuerzo y luego pude saber un poco más de ellos. Allí estaban Jaime, Nobita, Pepe, Pablo, Olguita, Carito, Vanessa y otros que no se acercaron tanto pero que eran igual de amables, Viviana, Bayron, lobo, el negro y el gato. Y por supuesto, Don Washo.
Esa tarde no paré de reírme con sus historias y de sentirme afortunado de estar allí.
Me sumaron a su grupo como si me conocieran de años, luego me equiparon con botas pantaneras y un impermeable, y me acompañaron a hacer un recorrido de una hora al mirador. Al finalizar el día, cuando me iba a dormir a mi cabaña, me invitaron a cenar. Luego como si no me bastara tanta generosidad, desarmaron su habitación para abrirme un espacio entre ellos, en mi corazón ya habían abierto un gran espacio para meterlos a todos, con esa alma ecuatoriana, esa que se me ha mostrado grande y solidaria.
Esa noche me enseñaron a jugar cartas y yo lo único que podía compartir era un poco de cereal que había traído conmigo, y que jamás podría compensar ese momento de cercanía que ellos me ofrecían. En lugar de estar congelándome en una cabaña inundada de frío y soledad, yo estaba allí, jugando “El Burro Cuencano” (un juego de cartas que me enseñaron), riendo con sus chistes y sintiéndome parte de ellos.
A la mañana siguiente me invitaron a desayunar, a almorzar y a comer, yo me sentía un poco mal porque a pesar de que en el viaje siempre he recibido mucho, jamás esperé encontrar en el Podocarpus algo parecido. Afortunadamente pude esa mañana ayudarle a Jaime a pintar algunos avisos que colocaríamos al día siguiente en otro recorrido más largo (Y digo al día siguiente porque me insistieron en que me quedara un día más y los acompañara a un recorrido de 4 km que harían por el páramo).
En la tarde jugamos un partido de fútbol en el que fui el arquero, luego me quedé conversando con Olguita de poderes mentales y de sueños. Y en la noche, se fue la luz que se recoge en paneles solares por lo que nos vimos obligados a dormir temprano iluminados por una vela. Pasé la noche otra vez en medio de ellos, para amanecer calientito y contento en mi spleeping a la mañana siguiente.
Salimos ese día a las 9:30 y regresamos a las 2 de la tarde. En el recorrido íbamos midiendo los kilómetros con una soga para calcular la distancia y clavar los avisos, íbamos congelados y yo preguntándome qué había hecho para merecer de regalo un paisaje lleno de niebla, riachuelos, huellas de osos de anteojos, pájaros anaranjados, caminos de cuento y además la oportunidad de poder compartir todo esto con gente que ahora quería.
Regresamos y me invitaron a almorzar, para luego empacar mi maleta y despedirme de todos, con un nudo en la garganta al que ya tendré que acostumbrarme. Salieron a decirme adiós y estoy seguro que aunque el viaje es largo, conmigo cargo los apuntes chistosos y admiración de Jaimito, la buena voluntad y disposición de servicio de Novita, la seriedad con que Pablo oculta su buen corazón, la risa graciosa de Pepe, los ojos de Carito y la única y especial energía de Olguita. Estoy seguro de que el universo tiene algo muy bueno reservado para todos ellos que me brindaron tanto cuando parecía haber tan poco. Estoy seguro de que el pueblo ecuatoriano se puede enorgullecer de ese espíritu noble que carga en sus corazones y que hoy ha compartido conmigo.

Si leen esto… MIJOS, ¡Mil gracias!, de verdad.


Este era el camino de subida...


Este fué el arco iris del buen presagio, en la parte de arriba de la foto se puede ver la carretera desde la que inicié el recorrido.

Esta era la cabaña en la que nunca dormí.


Aquí están Novita, Jaime, Pepe y Pablo cuando desarmaron su habitación para tender los colchones en el suelo y darme cabida.

Aquí estamos en la cocina, cuando me invitaron a cenar la primera noche.

Fotos Podocarpus No.1

Aquí estamos en el mirador luego de clavar todos los avisos, a mi izquierda está Novita y a su izquierda Don Washo. El de rojo es el Gato y el del gorro blanco es Lobo.

Una foto en el bosque húmedo.

Aquí están: con el pasamontañas Novita, con la gorra Pablo, y atrás Jaime.

Aquí estamos el primer día: De amarillo Carito, de pasamontañas Novita, sin gorro Jaime y de trás Pablo.
Aquí está Jaime pintando los avisos, tenía un dedo golpeado y por eso no podía trabajar.

Fotos Podocarpus No.2

El paisaje, cuando la niebla se escondió.

Aquí posando en la cima... donde me gusta estar.


En ésta foto se puede ver la inmensidad de la montaña que habíamos subido. Arriba está la niebla y en el medio tres personas de amarillo, azul y rojo, que me recuerdan que las banderas de Ecuador y Colombia son iguales.


Este es uno de los paisajes del recorrido el último día.

Este es el final, cuando caminé los 8 kilómetros de regreso y terminé feliz, sentado al borde de la carretera esperando un bus que me llevara a Vilcabamba, o Vilcatrampa como le dicen algunos.