13 junio, 2006

Haciendo los últimos arreglos




Hace algunos días en una reunión familiar un pariente me hizo una advertencia cuando le conté del viaje, - Ten mucho cuidado, no confíes en nadie, no confíes en las personas, sólo confía en Dios -. No puedo negar que me asombré un poco con la advertencia porque suelo confiar mucho en las personas y ayer mientras hacía varios de los arreglos para poder irme, encontré una respuesta.

Vendí carro a un hombre bueno, honesto y amable, que apareció de la nada, que me pagó el precio justo, que cumplió con todos los trámites y que tiene una mujer a la que mima todo el tiempo y 2 niños a los que lo vi consentir varias veces.

Hice autenticación de firmas en una registraduría en la que una niña con uniforme de colegio me regaló dos dulces en el momento de pagar.

El traspaso del carro lo hizo un hombre muy gracioso, humilde y entrado en años al que llamaban “frijolito” y que me llamaba “campeón” y a mi mamá “gran dama”.

Saqué mi RUT en un lugar en el una señora vigilante me hizo recoger del piso una ficha de turno arrugada y pisoteada que me permitió hacer un trámite que me llevaría 3 horas, en sólo 5 minutos.

En la estación de gasolina el bombero me regaló 2 tiquetes de raspa y gana por tanquear con $20.000 cuando en realidad sólo entregan uno por cada $30.000.

La administradora del edificio donde vivo me recibió el pago de la administración sin cobrarme recargo a pesar de que yo había olvidado pagar días antes.

En la noche antes de irme a dormir, además de darme cuenta que había alcanzado a hacer todas las diligencias, me di cuenta que es imposible no confiar en las personas y confiar en Dios.
Porque independientemente de la idea propia y particular que tengo del universo y de la vida, Dios se muestra siempre a través de todas las personas.

29 mayo, 2006




Estas son las primeras fotos que tomé con la camarita que me compré con lo que me dieron por el carro…. ¡¡Puras ganas de chicanear!!

27 mayo, 2006

¿Dónde está la Abuelita?


-Yo llegué a Bogotá cuando tenía 14 años y de esto no existía ni el cuento- decía hoy mi abuelita Helena mientras miraba desde afuera el nuevo Centro Comercial Santafé.
Hoy sábado cuando iba saliendo de mi apartamento se me ocurrió decirle que me acompañara y después de unas horas de compartir con ella, caí en cuenta que algunas veces había ido a visitarla, pero nunca le había pedido que saliera conmigo a pasear, y mucho menos, de compras a un centro comercial.
Cuando le pregunté si quería ir, ella me respondió con otra pregunta, -¿y si estoy bien vestida?- y el botón del sagrado corazón de Jesús en su pecho me hizo una mueca, -espere me pongo los zapatos-.
Cuando íbamos caminando de la mano por los pasillos atestados de gente que ya no sale a caminar al campo, yo iba de la mano de mi abuelita, una manito cálida y blanca, una manito que faltando sólo unos días para mi viaje quise aferrar muy fuerte.

-Tanta bregadera para acabar todos muerticos-, dijo mientras íbamos en el carro en medio de un trancón de personas sumergidas en la ciudad, y me dio risa que dijera con tan poca trascendencia algo que me habría gustado escribir con letras de oro en la puerta de mi oficina.
Recorriendo las distintas plazas del Santafé, caminé con ella de la plaza Perú a la plaza Boliva, y de la plaza Colombia a la Plaza Ecuador, y mientras eso ocurría estaba seguro de que llevaría en mi corazón a mi abuelita, porque ella aún tiene miedo de subir por las escaleras eléctricas y no entiende por qué le colocan un pedazo de plástico a la ropa para evitar que se la roben, porque ella habla con todos los extraños como quien está seguro que todas las almas son tan blancas como la suya.
Y desearía a su edad poder conservar esa ingenuidad con que me pide que la lleve a comer un helado de ron con pasas, desearía a mi edad caminar tan despacio como ella lo hace.

Más tarde cuando estábamos en el Éxito, de pronto en el altavoz comenzó a sonar una voz que repetía muy rápido -Dónde está la bolita, dónde está la bolita-, y a mi me parecía que decía -¡Dónde está la abuelita, dónde está la abuelita!-, y tuve en ese instante la fortuna de apretar mi mano y sentirla a mi lado, pero creo que esperé demasiado para eso, desde hace tiempo que sabía donde encontrar a mi abuelita, pero nunca la había llevado conmigo.

22 mayo, 2006

¡¡Gracias a los Animadores del Tour y de la prosa!!

Algunas personas han hecho comentarios aquí, otras me han llamado y otras me envían palabras por el Messenger. Algunos me han hecho críticas que siempre serán bien recibidas y otros me han animado a que siga haciendo una de las cosas que no creo que haga bien: Escribir.

Es chévere escribir de cosas bonitas, de la felicidad, de la vida, de los viajes, pero en realidad no entiendo por qué es más chévere escribir del dolor, de la rabia y de las cosas que no comprendemos. Siempre son las canciones de pena las que cantamos con más sentimiento.

Gracias a las penas, si es por las penas que podemos derramar palabras con el mismo sentimiento que se nos caen las lágrimas.
El dolor, así como la contaminación, nos asfixia y nos enferma, pero también hace que en la tarde el cielo se vea más bonito.
Hoy no hay penas, ni lágrimas, ni dolor, ni siquiera hay muchas palabras, es sólo el sonido de mis dedos que se estrellan contra éste teclado cada vez que siento ganas de estar solo.

Gracias a mi amiga Isabel que me acompaña en la terapia de escribir para sanar, sonreír y vivir.

21 mayo, 2006

Empacando y Desempacando

En mi armario guardo algunas cajas en las que he ido colocando recuerdos de las distintas etapas de mi vida. Hoy mientras hacía la limpieza para revisar qué debía botar y qué quería conservar antes de viajar, encontré un cuaderno de planas de primero de primaria, un corazón de cristal que alguien me regaló para colgarlo en mi pecho cuando se me rompiera el mío, una piedra amarilla con un “te amo” escrito en marcador, un cuaderno de espiral con apuntes del ejército, un sobrecito de azúcar de los estudios Universal, un caballito de mar de la excursión de 11, una billetera vieja, un trabajo de sociología con una anotación especial del profesor, videos de comerciales hechos en la universidad y un millón de recuerdos que llegaron a mi en un instante en el que es más fácil llevar liviano el equipaje.

Pensando en las cosas que todavía no me animo a botar y que tomé nuevamente para meterlas de regreso al armario, y las que a pesar de desechar, aún siguen presentes en algún rincón de mi corazón, creo que miramos distinto el mundo cuando estamos decididos a dejarlo todo.

Fue muy fácil botar fotocopias y lecturas que guardaba para leer algún día, listados de fechas de cumpleaños de compañeros del colegio que nunca llamaré a felicitar, folletos de seminarios que hice alguna vez, aparatos electrónicos obsoletos o dañados, cables que alguna vez se cruzaron y que nunca desaté, fotos donde me acompañaban personas que no estaban haciendo buena cara y mapas de ciudades a las que no regresaré.

Conservé mis carnets del colegio y unos carritos de juguete para que nunca se me olvide que alguna vez fuí un niño, una foto de mi hermanita con una linda mueca sonriente para recordar que debo escucharla, entenderla y reír más con ella, una placa de premiación de un concurso de oratoria para tener presente que un día me reconocieron por querer ser profundamente fiel a mi mismo y un premio de disciplina que me entregaron en el año 86 para no olvidar que llevo más de 20 años tratando de hacer lo correcto.

Estar en contacto con el pasado a través de objetos es importante para volver a ver lo que vivimos y aprendimos, para recordar cómo éramos y en qué nos hemos convertido. Pero también es importante para darnos cuenta de lo aferrados que estamos al mundo, a las personas que nos han acompañado y a las que se fueron.
De cualquier forma, lo que es cierto es que hay cosas que aún quiero seguir cargando y que en lugar de dar peso a mi equipaje le han dado alas a mi vida. Entre ellas están mi país, mi familia, mis amigos, mi jefe, mi música y el aroma de las mujeres que alguna vez me han regalado un beso.

14 mayo, 2006

Tour de la Langosta - Algunos comentarios antes de inciar.

El Tour de la Langosta

Puede ocurrir que todas las condiciones estén dadas para hacer un viaje como éste. Que estés sólo, que no tengas hijos, que tengas dinero, que no tengas nada que te ate, y de todas maneras, debes hacer frente al miedo para tomar la decisión de dejarlo todo, aún cuando no estés dejando nada, y arriesgarte a partir aún cuando no estés arriesgando mucho.

Hoy estoy lleno de incertidumbre. Pero tal vez es que estamos muy atados a todo, y nos acostumbramos a recibir ese pago quincenal, a tener un lugar a donde llegar a dormir, a salir de vez en cuando los viernes y los sábados, a tener a alguien cerca que pregunta por nosotros, a andar en el calor de un automóvil mientras oímos la canción que nos gusta y a trabajar por alguna razón que no hemos definido.
La comodidad es maravillosa, sentir que haces parte de la carrera del progreso y caminar mientras el mundo te mira y afirma lo bueno que eres por haber llegado “tan lejos”.

Pero de vez en cuando es bueno detenerse y preguntarse qué es lo que en realidad hace que seamos muy felices.

Mucha gente me ha dicho que me envidia y que le gustaría hacer éste viaje conmigo, yo sólo quiero decirles que el Tour de la Langosta está abierto para todo el que se quiera pegar, y no me refiero únicamente a salir conmigo de viaje.
Cualquiera puede hacer su propio Tour de la Langosta tomando la decisión de cambiar y abandonar, cada vez que sienta que no es feliz o que no está siendo coherente con sus sueños.

PD: Gracias a mi hermana que ya me regaló el morral.

08 mayo, 2006

El Tour de la Langosta
D e v o r a n d o C a m i n o s

Espéralo desde el 18 de Junio de 2.006

Estarémos reportando desde Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Argentina, Chile, y por supuesto... esperamos terminar en la Isla de Pascua.

¡ Un Colombiano y un Japonés caminando por Suramérica !