22 septiembre, 2006

El Cañón

De Lima viajé a Arequipa. Son 16 horas y más de 1.000 kilómetros. Las carreteras se dibujan en su mayoría rectas y puedes viajar en las noches montado en el segundo piso de buses inmensos y “lujosos”, te dan la sensación de estar volando, excepto cuando dejan subir a un vendedor ambulante con maní, habas, papas fritas y Perucola o cuando el conductor frena como degenerado antes de adelantar en una curva prohibida.
Cuando estos gigantes tienen que trasladarse por carreteras destapadas sientes como si estuvieras montado en un gran dinosaurio borracho que da traspiés tratando de no caer a los acantilados. Es emocionante.

Fui a Arequipa porque una amiga alemana que había conocido en Ecuador estaba trabajando como voluntaria con un grupo de niños y yo podría hacer mi taller de plastilina, también fui porque me habían dicho que era una ciudad hermosa. No se equivocaban. Me alojé en un hotel que se llamaba La Reyna, al lado del gran monasterio de Santa Catalina donde te cobran 25 soles por entrar a conocer el antiguo convento.
Arequipa es un pueblo-ciudad. Tiene una gran área, muchos habitantes, movimiento y desorden. Pero es difícil pensar que estás en una ciudad. Los andenes son angostos, las calles adoquinadas, las paredes de una piedra volcánica blanca, se respira un ambiente colonial. Es como estar pisando el pasado y resbalando en el presente. Descansé por dos días en Arequipa y me alisté a salir el tercer día hacia el cañón del Colca sin Guía. Había tenido una experiencia poco agradable con un Guía en Huaraz y había decidido que en la medida de lo posible haría los recorridos por mi cuenta. No quiero volver a pagarle a alguien por hacer de burro, cargando cosas y rebuznando.

Salí a la una y media de la mañana y tomé un bus que me dejó a las siete en un pueblito de nombre Cabanaconde. Allí desayuné y salí media hora después por un sendero de tierra con la única indicación que me dio la dueña del restaurante. -Usted sólo camine por el camino ancho, va a encontrar muchos caminos angostos que son atajos, pero usted sólo siga por el ancho-. Así lo hice y no fue muy complicado, no se por qué la gente se sorprendía cuando le contaba que había ido sin Guía, no era gran cosa. Gran cosa fue encontrarme a personas de 60 y 70 años haciendo el mismo recorrido.
El cañón del Colca es una larga grieta que se sumerge en la montaña a varios cientos de metros para dar cabida a un lugar que llamaron con certeza “El Oasis”. Caminas por dos o tres horas en un zigzag empinado que te deja temblando las rodillas, más por la altura que por la distancia, es algo así como bajar la escalera de un gran edificio en demolición.

Al final, el premio es bueno, como casi todos los premios que se reciben en éstas caminatas. Casitas de guadua con cómodos colchones, piscinas hundidas en zonas verdes, murallas amarillas que le hacen eco al río que surca el valle. Llegué al Oasis casi a las diez de la mañana y me instalé en una de las mencionadas cabañas. Me bañé en la piscina un par de veces, almorcé, medité, leí y me fui a la cama temprano porque al día siguiente la salida era a las 4 de la mañana, la única forma de alcanzar de nuevo la cima antes de que el sol ardiente se clavara en el cañón.
Dormir en éstas casitas llenas de rendijas, con el piso de tierra, el frío que te da con un beso las malas noches, es extraño. Una cabaña como esa, es algo exótico para unos y es algo rutinario para otros, esos que viven en chozas de guadua en los enormes arenales que rodean las carreteras del Perú. Pobreza esparcida como el guano.

Sonó la alarma y me levante de inmediato. Alisté mis cosas y salí antes que ninguna otra persona del hostal hubiera partido. La noche aún vivía, lo supe porque veía como palpitaban las estrellas. Eso sonó cursi, pero es que esa experiencia del amanecer en el cañón sólo te deja espacio para la buena o mala poesía.
Comencé a caminar y era innegable el miedo. Mi linterna era un pequeño artefacto que me regalaron en Fotojapón unas semanas antes de irme y no calculé que estaría tan oscuro. La encendía para ver el camino, lo memorizaba y la apagaba para ahorrar baterías, pero también para sentir el abrigo de la oscuridad. Poco a poco fue amaneciendo y la luz cruzó el cañón dejando todavía unos espacios para los pájaros perezosos. Ahora no temblaban las piernas, para eso habría oportunidad al día siguiente.
Llegué arriba a las siete de la mañana, fueron tres horas únicas, es que el tiempo es único siempre, lo que pasa es que debemos vivir éstas experiencias para recordarlo.

Después del camino subí a un bus que luego de sólo 45 minutos me dejó en La Cruz del Cóndor, un espacio en el que los reyes del aire vuelan libres, lejos muy lejos de las jaulas para deleite de nosotros los turistas que los admiramos con cara de estúpidos. Pero bien vale la pena esa cara, porque es de admirar esos más de 11 kilos de peso que se elevan del suelo para jugar en el aire, mirar con altivez y presumir, porque bendito el cóndor que sí puede presumir, no sólo por volar así, sino por sobrevivir a la mano del hombre que lo ha cazado desde siempre, y con todo y eso, todavía tiene la gentileza de danzar sobre nuestras cabezas para recordarnos que vale la pena vivir.

Monasterio de San Francisco en Arequipa



Plaza de Arequipa en la noche



Catedral de Arequipa



Al fondo están los campanarios de la catedral de Arequipa.



Esta es una calle de Arequipa, aún no he podido descifrar que llevaba en su mano el sujeto fluorescente.

Otras fotos de Lima

Este es el parque del Centro Comercial Larcomar


Lima medio dormida

Esqueletos y calaveras en las catacumbas.

Una calle X de Lima

La plaza mayor. Ayer hablaba con un venezolano y estuvimos muy de acuerdo en que tanto en Perú como en Ecuador, Bolivar no es tan importante como en Colombia y Venezuela. La gente no recuerda quien los liberó, ¿Será que aquí la libertad no es tan importante?

Lima

En los tres meses de viaje más o menos el 80% de los turistas que encontré fueron robados en Perú. De ellos el 50% había perdido algo en Lima. Por supuesto, pocos turistas permanecen en ésta ciudad más de unas cuantas horas mientras pueden tomar un bus hacia otro destino. Miedo y Desconfianza son los gobernantes que el pueblo ha elegido para estas tierras. A eso podemos agregarle que el famoso escritor peruano Jaime Baily habla de “Lima la horrible” en su libro “La noche es virgen”, mientras Mario Vargas Llosa no hace más que preguntarse en qué momento se jodió Perú.

Yo, a decir verdad, tenía mis dudas. Con esa constante curiosidad por conocer si la gente tiene o no la razón, me quedé aquí por tres días. El último día antes de abandonar el hostal, mi Palm ya no estaba en la mochila. Gooooooooool, de Perú. Pero allí no termina la historia, tampoco allí comienza, vamos por partes.

Escogí un hostal en Miraflores, tal vez la zona más exclusiva de Lima. Es aquí donde empiezas a entender por qué sienten rabia los cholos, por qué intentan robarte en cada taxi, en cada hostal, en cada agencia de turismo. Comprendes por qué todos quieren cobrarte más de la cuenta. Es que en Perú siempre hay alguien que quiere un poco más de ti.

Las calles de Miraflores no hacen juego con los niños peruanos que suben a los buses para cantar desentonados serenatas en Quechua. Cualquier peruano mestizo y mal vestido que camine por San Isidro de inmediato muere aplastado por los ostentosos edificios bancarios con sólo verlos.
Y que me cuenten con los dedos de una mano los peruanos mestizos que entran a Starbucks y los peruanos blancos que ves en Chinatown. Porque son o pocos o ninguno.
Y que me expliquen por qué cuando iba en el bus hacia el centro de Lima el conductor me advirtió que no caminara por cierta calle con mi cara blanca, y es que yo no camino con mi cara, yo camino con mis pies, que son aún más blancos.

Tal vez todos los países de Suramérica se caractericen por el abismal espacio entre ricos y pobres, pero aquí en Lima ese espacio es definitivamente más grande, o al menos así se siente. Lima bien podría ser un país distinto al resto de lugares que he conocido del Perú. Los peruanos bien podrían vivir en el mismo país, pero viven como enemigos.
¿Qué podrá esperarle a un país en el que la UNIDAD es otra de las cosas que Perú perdió en la guerra del Pacífico?
¿Qué podrá esperarle a éste pueblo que ve en cada metro cuadrado de cemento un basurero? Que ve en cada turista la oportunidad de alimentar hoy a sus hijos.
Aquí se siente que los ricos son en verdad muy ricos, y los pobres, muy pobres. Los blancos, muy blancos y los cholos, mucho menos que los blancos.

Tal vez sólo tengo un poco de rabia, tal vez sólo deseo que mi Colombia no sea igual.

Me gustó caminar por Miraflores, andar por Larco, por Pardo, por los miradores de la playa. Se siente bien. Se siente seguro. Se siente “super play”. Pero si te gusta ver un poco más allá de las cosas entonces no sabrás si sentirte feliz o triste cuando lees en cada esquina un anuncio de: TODO MIRAFLORES está vigilado con cámaras de la policía. Que bueno es caminar en paz, que triste es necesitar cámaras para garantizar esa paz.
Pero continuemos la historia, el primer día me peluquearon en una sala de belleza propiedad de una italiana. Para las fans del afro, no me corté mucho.
El segundo día era el día de subir a un bus sin rumbo, terminé en el museo de la nación, tal vez uno de los mejores museos que he visitado jamás, tal vez aún deba conocer más museos. El caso es que me gustó. Al finalizar pude visitar una exposición fotográfica de los últimos 20 años del Perú. La historia de éste pueblo también fue escrita con sangre como la de mi país, con guerrillas, masacres, corrupción, campesinos maltratados, caudillos asesinados, carros bomba y otros inventos de las masas inconformes. Definitivamente la sangre humana tiene el mismo color en todos lados, y las lágrimas son igual de descoloridas.
Ha habido en estas tierras culturas tan avanzadas a través de los siglos que tal vez por eso para Vargas Llosa es difícil comprender en qué momento se jodió Perú. Mi teoría no es nueva ni vanguardista, mi teoría dice que Perú ya estaba jodido desde que Atahualpa decidió enfrentarse a su hermano Huáscar por el territorio Peruano y Ecuatoriano, la historia sigue igual, Peruanos enfrentados a Peruanos, aquí ese enfrentamiento es cotidiano, es omnipresente. Y no estoy criticando, sólo estoy describiendo.

El tercer día visité el centro de la ciudad. No se siente peligroso como dicen. Hay tanta gente caminando que sería difícil que alguien te atraque o te robe. Tienen un gran paseo peatonal que parte de la plaza, también tienen una plaza llena de flores, policías y algunos manifestantes. Han construido además cientos de plazas.

Hay algo irresistible que respiro en el aire de Lima, pero es como intentar describir lo que me produce el olor de la humedad, o el olor a mango o el del chocolate caliente, el olor de Lima es difícil de explicar, pero me atrae, me lleva, me encierra, podría no querer salir, podría no querer volver. Me gusta su transporte desordenado, bullicioso y pequeño, me gustan sus calles, me gusta que les guste el acento colombiano, me gusta que les guste que soy blanco. Es difícil no sucumbir ante la venia que le hacen a la falsa supremacía de ser blanco y extranjero. No se por qué me gusta ésta ciudad donde los carros son más importantes que los peatones, donde los jardines publicitarios de los puentes son más importantes que los niños.

El cuarto día salí de mi dormitorio compartido para desayunar algo en el comedor. Cuando regresé mi mochila estaba abierta y la Palm no estaba. Fui de inmediato donde el dueño a informarle lo sucedido y él lo tomó con la mayor de las calmas. – Debe estar por allí, algún israelita la debió coger prestada para dejarla en otro lugar-. Caminó entonces hasta mi habitación para abrir un cajón de la mesa de noche. ¡Allí estaba la Palm! No tuvieron la suerte de que me fuera olvidándola en un lugar donde yo jamás la había puesto. La tomé en mis manos más incrédulo por el descaro del sujeto que por haber recuperado el aparato. Empaqué y salí, mientras escuchaba que el dueño del hostal gritaba tras la puerta. - ¡Esperamos que vuelvas!

Este es el Perú, tan sorpresivo como sus paisajes. Montado en el bus puedes andar dos horas viendo sólo desierto y de pronto aparecen cultivos verdes de la arena, y te preguntas ¿Cómo pudieron hacer crecer algo en ésta tierra amarilla y seca? ¿Cómo hicieron para crecer éste país de conciencia árida y almas desérticas? Alguna respuesta debe haber. Tal vez se encuentre en el corazón de aquella peruana que un día conocí, o en la sonrisa de los niños que hacen loros de plastilina y se golpean con violencia.

Desde un mirador de Miraflores... Redunda pero es cierto.

Desde el ascensor de la exposición fotográfica.


Un parapentista volando por los cielos de Lima, es otra de las atracciones de la ciudad.


El oceano pacífico se ve inmenso desde la costa Limeña

11 septiembre, 2006

Mas fotos del sueño hecho realidad.

¡¡Definitivamente ésto es lo único que me gusta fumar!!



Este muñequito de nieve lo hicimos con un amigo peruanito...

Porque los sueños sí se hacen realidad.

Antes de dejar Huaraz tenía que llegar a la nieve.
Contraté un tour que me llevó al Nevado Pasto Ruri y subí a más de 5.000 metros de altura. Como quitarle un dulce a un niño luego de haber hecho la travesía de Santa Cruz.

Entonces recordé la vieja y triste historia del Cotopaxi en Ecuador. Y también recordé:

¡Es que mi papá siempre me ha dicho que los sueños se hacen realidad!





Deborando caminos, pero también un poco de hielo.

La parranda de celebración.

Cómo explicar que una bebida te habrá puertas que no quieres abrir.

Que recorras laberintos que te dejan en diferentes salas.

Y encontré la sala donde sabía bailar como el mejor, y encontré la sala en la que podía mentir como el más malvado.

¿Cómo saber si era el efecto de los tragos o si esa mujer supo encontrar el camino a la sala del amor?

Yo ya sabía que ella era Libra, y desde que tengo conciencia de los planetas me aprovecho del fuego y de Marte. Aries y Libra. La mezcla perfecta.

De pronto la noche no es tan buena consejera como dicen… quién sabe.

Pedí un vodka y estuvo bien. Luego pedí otro y lo bebí para despertar al día siguiente con muchas historias que contar.

Se llamaba X-treme Bar. Por respeto no puedo decir cómo se llamaba ella. Pero no era extranjera, era peruana, era linda. Ya nos conocíamos. Pero cuando me vió se emocionó y me dijo que me esperaba en El Tambo. X-treme Bar es la rumba de Israel. Pero El Tambo es la rumba latina, en fin, eso ya no importa.
Cuando comenzamos a bailar me di cuenta que su espalda estaba hecha a la medida de mis dedos, que su cuerpo se amoldaba a la fuerza de mi cuerpo, que su olor me hacía querer olvidar que nunca he metido la pata. Pero esa noche casi la iba. No como lo hacen todos, pero para mí es suficiente saber que tiene 19, y que sabía de sus sentimientos hacia mi.

No puedo explicar el movimiento, ese que te lleva y te destroza contra el aire o contra la piel de otra mujer. De qué lugar habrá venido esa energía que me hizo bailar de esa manera… Y aún mejor, cómo explico la canción de Chumbawamba después del beso. Esa bendita canción que para mí es el significado de la buena suerte. Que suena cada mil años y justo estuvo allí. Podría morir.

En la mañana todo era movimiento. Estaba sólo y mi cama se mecía mientras las paredes me devoraban. Yo sólo trataba de cerrar los ojos para no vomitar, para olvidar, para recordar.

Tenía que ocurrir. Tenía que contarlo.

Las fotos de la Historia No.4


Esta es la luna, son las 7 de la noche. Como 7 segundos de exposición.


Aquí estamos mamuertos.

Estas son las ovejitas en el regreso.

Las fotos de la Historia No.3


El amanecer...

Alimentando al burro con algo del mucho pan que nos daban...


Esta es mi favorita...

Aquí les doy la espalda, lo siento...

Las fotos de la Historia No.2


Esta es la luna y un efecto que logré con la exposición de la cámara.



Las fotos de la Historia No.1

El burrito cansado de cargar nuestro desorden.


Aquí estamos de izquierda a derecha: Orna, Sebastian, Nadav, Andrés, Amit, Hagar (Espero que el nombre esté bien escrito), y abajo está Mike y Antonio (que me regaló un libro de Isabel Allende y una moneda chilena, para prepararme para Chile).


Aquí somos más...
En la fila de arriba, de izquierda a derecha: Antonio, Sebastian, Raquel, Amit, Max, Gali, Andrés.
En la fila de abajo, de izquierda a derecha: Edwin, Mike, Hagar, Rotem, Nadav.


Tal vez sólo sea una historia...

Salimos muy temprano, éramos más de trece y entre todos sumábamos más de siete nacionalidades. Como interesante la cosa, porque entre tantas diferencias siempre podemos construir problemas, regalarnos soluciones, cargarnos las cargas y mirarnos escurrir las lágrimas. Veníamos de Israel, Colombia, Francia, Holanda, Inglaterra, España, y Australia.

Y el idioma común: El inglés, que vivan los gringos si es que ellos son los responsables de que haya una lengua común. No importa, que de hablar desde el corazón nos encargamos nosotros.

Quedamos en que “Salimos muy temprano”. Y entonces iniciamos la caminata, al principio muy enérgicos y bromistas, al final ya la sonrisa se nos había congelado con el frío que impulsaba la caída de la noche. Los primeros pasos los habíamos acompañado con agua y fotos divertidas, luego llegó el sol traicionero, atrajo los insectos y espantó todas las nubes. Es el sol de los más de 3.500 metros. Ese mismo que acompañó a Pizarro mientras ordenaba la muerte de Atahualpa.

El primer campamento lo alcanzamos hacia las 5 de la tarde, fuimos llegando graneaditos, porque en el camino solo cabemos de a uno, y porque así también es la selección natural.
En unos minutos el sol traicionero se ocultó, porque los traicioneros siempre se esconden luego del crimen, y entonces nos quedamos congelándonos con un frío espantoso. Pero estábamos contentos, aprendiendo nuestros nombres, organizando nuestra carpa, bebiendo té de coca y esperando la noche. Pero esa noche me enfermé.
Llevaba algunos días estreñido y al fin esa noche mi cuerpo hizo de las suyas.

Es entonces cuando regreso a escribir que el cuento éste del arco iris no es cuento, y que todos tenemos nuestros angelitos que acuden antes de que los necesitemos. Estoy sentado en la carpa comedor y me comienzan unos retorcijones de esos que te ponen la piel de gallina y te hacen sonrojar, entonces me tocó al fin salirme. Pero Orna, la niña de Israel, la que había conocido en Vilcabamba y a la que le había enseñado canciones infantiles en español, se dió cuenta.

Estaba tratando de entrar a oscuras a mi carpa, se me acercó y me preguntó si me sentía bien.
Entonces le conté la historia (con pobre inglés) y ella me entregó un rollo de papel, su linterna de cabeza (de esas que usan los mineros) y me convenció de tomar una pastilla para la fiebre.
Fue como un ángel porque lo cierto es que la letrina que hace de baño es un hueco en el que tienes que tener las manos libres para poder tenerte de las paredes, y ¿Cómo hace uno para tenerse de las paredes de una letrina, sostener una linterna y limpiarse? Ni modos, necesitaba una linterna de cabeza.
Esa noche fué una noche de perros, pero me sentía super contento de haber recibido la ayuda de Orna (que se pronuncia Ogna porque se pronuncia en hebreo). Ella no se fué a dormir hasta que me dejó super empacado en el sleeping, con un saco térmico adicional y una bufanda en el cuello.

Al día siguiente partimos como a las diez porque la marcha no era larga.
Yo estaba un poco débil pero Orna y su amigo, que también es mi amigo, Nadav, no se separaron de mí y no pararon de preguntarme si me sentía mejor (Que grandes amigos son los israelitas, entre ellos son compactos como el hielo pero dejan grietas para que cualquier otro pueda adherirse).

Con el efecto de la pastilla mágica ya no tenía que ir al “baño”, pero iba caminando lento como un chancho. El paisaje se fue poniendo más bonito y las montañas y los lagos fueron apareciendo en una pintura de azules y verdes. Llegamos de últimos al campamento pero durante el camino yo tuve tiempo de recuperarme y de compartir con ellos algunos ositos de gomita y muchas historias. Esa noche el enfermo fué mi compañero de carpa, el holandés gigante, Sebastian, eran 2 metros y 100 kilos de enfermedad. Y era muy gracioso porque yo a su lado parecía como David junto a Goliat. Bueno, el caso es que se enfermó, y esa noche no paró de tiritar. Pobre. Es muy buena gente.

Llegó la mañana y fue increíble encontrar hielo ligero y escarchado sobre las carpas, y ver la luz del sol penetrar en la niebla de las montañas blancas. Fue un bonito despertar, a 4.200 metros de altura, fríos pero muy contentos. Es un aire que te duele respirar por la nariz, entonces respiras por la boca, pero no la puedes abrir mucho porque entonces se te meten adentro los mocos que se te escurren de la nariz, ¡Guácala!, que aquí también dicen ¡Guácala! (Pero no se cómo decir Guácala en inglés).

Ese día sí salimos temprano, porque era el día más fuerte. Caminaríamos por más de 7 horas, que al final terminaron siendo 10 y cruzaríamos por el punto más alto a más de 4.700 metros.
Iniciamos pero ahora era el turno de Orna para la enfermedad, y a ella sí le dió con todo porque lo cierto es que caminaba 20 pasos y tenía que sentarse. Estaba mareada y parecía imposible que pudiera avanzar. Nos rezagamos Nadav, Orna y yo. El guía era un peruanito buena gente y paciente, pero un poco pervertido como varios de los hombres peruanos que he conocido hasta el momento, no paran de hacer comentarios desagradables sobre las mujeres, y como nadie habla español entonces les importa poco.

El caso es que el guía se llamaba Edwin.
Edwin se dió cuenta de que Orna no aguantaba y les tocó descargar un caballo y repartirse las maletas entre los arrieros y los cocineros. Y Orna tuvo que subir sobre el caballo sin silla y aferrarse a su crin para no matarse mientras el animal trepaba sobre rocas y acantilados. Duro. Pero llegó bien a la cumbre. Nosotros con Nadav seguimos subiendo lento pero constante y nos turnábamos la maleta de Orna. Teníamos como 2 horas de retraso.

Mientras subíamos la montaña, la nieve se acercó y los lagos volvieron a aparecer. Entonces todo valía la pena, porque todo vale la pena, o si no, no ocurriría.

En el descenso el guía prometió un recorrido de dos horas. Pero en realidad fueron cuatro.

No sé todavía cuál es esa extraña costumbre o falencia mental en el cálculo del tiempo que tienen los suramericanos. Preguntas una distancia. Si dicen que es 500 metros es por que es más de 1 kilómetro. Y si dicen que son 10 minutos es una hora, y si dicen que son 2 horas es porque no vas a llegar hoy. Pues la historia es que casi no llegamos de día. Pero antes de que se oscureciera se apareció Edwin con 2 caballos de rescate y como una de las niñas de Israel no quiso montar pues yo contento ocupé su puesto. Y vi el atardecer montado en un caballo sobre una planicie de pantanos. Muy chévere. Esa noche, unos minutos después de organizar mis cosas, la luna salió por la montaña y parecía un amanecer. Pero no era el nacimiento de un nuevo día, era el nacimiento de una nueva noche.

Dormí como un becerro, soñé además que mi hermana Mónica tenía un bebé, y cuando uno sueña con bebés significa el nacimiento de nuevas ideas o planes.

Despertamos ese último día y sentía nostalgia. Porque mientras dejamos huellas en el camino, el camino se convierte en un lazo que te ata. Habían sido sólo 3 noches pero parecían 6 noches, habían sido 72 horas pero parecían trescientas. ¿Será por eso que los suramericanos no tienen noción del tiempo? Quiero mucho a ese grupo de gente.

En las mañanas siempre se criticaba el pan duro y congelado con el que podías secar cualquier laguna lanzando sólo unos trozos al agua. Y en las noches había chistes, música, baile y muchas risas. Era como una amabilidad constante de todos. Mentira. Mentira. Mentira. Había un francés que se creía distinto y no se acercaba mucho. Pero allá él.

Salimos a las 8 de la mañana y yo sentía que tenía el alma viva, es como cuando sabes que regresarás a casa y te espera la comida caliente y alguien que se interesa en que le cuentes tus hazañas del día.
De camino fueron saliendo cientos de niños peruanitos a pedir dulces. Yo, como no salgo de viaje sin dulces, y como había estado enfermo, tenía mi maleta cargada de Sparkies, gomitas, chocolates y galletas. Entonces comprendí que el universo me había dado la enfermedad para poder guardar los dulces.

Es increíble la carita de esos niños, me fascina. Me fascina ver sus manitas negritas apretando pepitas de colores sin dejar de sonreír. Luego se acabaron los dulces, y entonces por esa sensibilidad que trae la luna llena me dieron ganas de llorar, porque ellos no están pidiendo dinero, sólo están pidiendo un caramelo. Pero bueno, tal vez solo sean sensibilidades. Tal vez sólo sea esa pobreza que te genera tantas dudas sobre la dirección de tu vida. Tal vez sólo sea esa sensación de que no hay nada que puedas hacer.

Seguimos caminando y como se acabaron los dulces, también se acabaron los niños. Caminamos hasta las 12 de la tarde subiendo una de las más empinadas cuestas que habíamos caminado y llegamos al bus, el tour había terminado.

Este fué el viaje, creo que fué importante para mi, pero tal vez sólo sea una historia.







Aquí estoy, (de izquierda a derecha) con Nadav, Orna y Gali.

¡Huash! Huaraz

Nunca escuché hablar de Huaraz, ni en el colegio recuerdo que me hablaran de la cordillera blanca del Perú, Huaraz no estaba en mis planes.
Pero allá llegué un día a las 6 de la mañana sin saber mucho y con la recomendación de un hostal de nombre Caroline donde me recibieron con un buen desayuno y una invitación a jugar Bingo. Por sólo 10 soles diarios (mas o menos 3 dólares) una familia se encarga de recibir huéspedes a los que tratan como a sus más allegados y los acomodan en más de 7 habitaciones atestadas de camas, desorden y amistosos israelitas (es que es muy difícil encontrar uno que no sea amistoso).
Acomodado y luego de haber pasado la mañana y parte de la tarde bajo un sol urticante jugando Bingo en un colegio de Huaraz, salí en la búsqueda de mis amigos de Israel que había conocido en Vilcabamba (Ecuador). Y los encontré.
Ellos ya tenían programado un viaje de 4 días por una ruta que se llama Santa Cruz y yo sin pensarlo mucho me decidí a acompañarlos, según decían, era uno de los más fáciles y hermosos recorridos. Contrataríamos la carga del equipo, alguien llevaría y armaría las carpas, seríamos asistidos por un cocinero y nosotros sólo debíamos mantenernos en pie. Así quedó arreglado.
Como aún había dos días para partir, decidí ir a las lagunas de Yanganuco el día siguiente. Era un viaje de sólo 2 horas.
Esa mañana apareció en mi habitación Sebastian, un gigante holandés con el que hicimos conexión de inmediato y se animó a acompañarme en su primer día en Suramérica. Fue un recorrido fácil para un premio tan bueno.
Encontramos una laguna entre la montaña, un producto del derretido glacial que se ha vuelto azul, por las algas, por la luz del cielo que se refleja, por la gracia de la naturaleza, y por esas cosas que no puedes explicar, porque… ¿Cómo se explica que justo donde muere el celeste es donde nace la roca?
Y las playas… ¡Que alguien dijo que no son playas!
Pero, ¡qué importa que no lo sean!. Igual caminé sobre ellas y escuché olas estrellarse contra mis pies, igual me sentí en el paraíso. ¡Que importa que no sean playas!. El agua estaba helada, pero se sentía calido en mi corazón achantado y recogido. Estas son las fotos… La historia del recorrido de 4 días está en la siguiente actualización.