El año nuevo en Israel se celebra en una fecha diferente a la que se celebra en gran parte del planeta, teniendo en cuenta el calendario judío y variando cada año de acuerdo a su correspondencia con el calendario occidental. Casi siempre coincide con el mes de septiembre u octubre.
Tuve la fortuna de ser invitado a recorrer la Ciudad de David la noche anterior a la celebración. Un lugar que se cree sirvió de cuna al reino del Rey David y el Rey Salomón, y de donde se han recobrado recientemente túneles y cavernas milenarias (de al menos 3.000 años de antigüedad) y en los últimos meses sellos con las firmas de grandes profetas.
Acompañados por una guía israelí, que como buen augurio para el nuevo año, se encontraba en avanzado estado de embarazo, recorrimos durante 1 hora y acompañados de la música que incluí en la edición del video, las escaleras y pasadizos de este lugar del que, como muchos otros en Jerusalén, no se puede asegurar quién los ha construido o quién vivió en ellos, pero la imaginación y el deseo de que la historia que cuentan sea cierta, le imprimen la magia necesaria para disfrutar la experiencia.
Mientras caminamos, nos detuvimos varias veces para que nuestra guía leyera apartes de la biblia en los que debo resaltar uno en el que ella, después de terminar de leer, comparó a la religión cristiana, donde los santos se exhiben como seres especiales, libres de pecados y en completo estado de pureza, con el judaísmo donde los profetas y guías del antiguo testamento, como el Rey David, son presentados con sus defectos humanos, mucho más cercanos y fáciles de seguir para nosotros los mortales. Esta parte me llamó mucho la atención pues nunca había caído en cuenta de esa glorificación a la perfección que se resalta siempre en los santos de la iglesia católica, y mucho menos había tenido en cuenta la humanidad de los profetas judíos, que además se comparten con la religión católica.
Fuimos para terminar al muro de los lamentos o Kotel, donde cientos de judíos y además muchos turistas como yo, nos reunimos, unos para pedir perdón por los pecados, otros para observar y absorber la energía de ese sitio con sus oraciones, gritos y lágrimas.
Al día siguiente nos reunimos en la casa de la madre de Morán donde toda la familia lamentó la ausencia del abuelo Benny, que estoy seguro nos acompañó desde la dimensión donde se encuentre, y nos dimos la oportunidad unos a otros de compartir lo que nos pasó de bueno en el año, y yo, hinchando el pecho de orgullo me atreví a decir mis palabras en hebreo, con algunas equivocaciones, por supuesto, pero fluido y sin vacilaciones (por cierto, el orgullo o soberbia es uno de los pecados capitales de la religión católica, pero me sigo sintiendo orgulloso porque bastantes horas de estudio me han costado esas palabras). Con Morán elaboramos pequeñas figuras de Fimo (un material parecido a la plastilina pero que se endurece en el horno) tratando de simular a cada uno de los miembros de la familia y los colocamos sobre los platos donde cada uno debía sentarse, este simple detalle causó una gran sensación pues para todos fue muy divertido descubrir cómo lo vemos y qué elemento distintivo elegimos para caracterizarlo.
Luego nos reunimos para comer, comenzando por la repartición del pan y del vino que se da en orden, primero el vino, donde todos los hombres, desde el más mayor hasta el menor toman un sorbo de la misma copa y luego se sigue con las mujeres también en el orden de edad (nunca dejo de imaginarme como sería si estuviera allí con mi familia, estoy seguro que haríamos algún chiste por lo que implica revelar nuestras edades y ordenes de vejez, sobre todo el de las mujeres).
En cuanto al pan, el hombre mayor de la familia lo parte con la mano y nos entrega a cada uno un pedazo no sin antes haber derramado un poco de sal en cada trozo (lo siento pero no sé que significa la sal).
Después de comer, (no voy a entrar en detalles porque son las 5 de la tarde y no he almorzado), nos reunimos para jugar un poco de mímica y luego despedirnos cargados de energía para el nuevo año judío.
20 septiembre, 2009
Año Nuevo en Israel - ראש השנה בישראל
18 agosto, 2009
Cuentos y Realidades
Bajo del tren y subo en las escaleras eléctricas para contemplar desde arriba el espectáculo, casi nunca me voy decepcionado, siempre hay algún protagonista de turno, el anónimo que perderá el tren por llegar 1 segundo después de que se ha cerrado la puerta.Siento un poco de lástima por él o por ella, pero no puedo evitar el morbo y mirar sus gestos de decepcion o frustración, no puedo parar de imaginar qué estará pensando.
Si hubiera atravesado la calle mientras el semáforo peatonal estaba en rojo y no venían carros, si no me hubiera devuelto para despedirme de mi novia al salir, si hubiera mascado un poco más rápido ese pesado cereal que como con yogurt de ciruelas, si no se me hubiera soltado el zapato, si el vigilante no me hubiera hecho devolver al sonar el detector de metales, si el mendigo violinista no hubiera puesto el estuche de su instrumento estorbando mi camino.
Ahora estoy aquí corriendo hacia las puertas del tren pero veo cómo se cierran ente mis ojos y no hay nada que pueda hacer, la luz de la puerta que indica que aún se puede abrir ya se ha apagado, el tren sigue allí, se queda varios segundos quieto haciendo fieros, y me dice aquí estoy, para todos los que llegaron un segundo más temprano que tu pero no para ti, que te detuviste a mirar a esa linda morena de ojos claros, ahora tienes que pagar quedándote aquí, ahogado en la humedad de este verano y su estación sin aire acondicionado.
El Oso

Lo rodea un aura, pero es sólo la sombra de sus pelos crespos, tupidos y blancos que se mantienen quietos a pesar del viento que arrojan los buses que pasan a su lado, de buena fe quiero pensar que si es su aura pero es sólo esa capa de fibras crespas, enredadas y espesas que lo cubren casi por completo.
Cuando he salido tarde de la oficina no lo veo en el camino, pero lo encuentro tendido en el jardín frontal del exclusivo restaurante Marabú. No hay muchos céspedes tan verdes y bien cuidados como el del Marabú y creo que hasta lo riegan todas las noches contra la ley que prohíbe hacerlo más de dos veces por semana, pero eso no viene al caso, el asunto es que el oso se tiende en éste espléndido césped de siete a ocho y media de la noche a recibir la luz de la luna y de los rascacielos circundantes.
Paso y lo miro de reojo, con disimulo, ya le he visto las uñas y estoy seguro de que podría desgarrarme de un solo zarpazo si notara que le sigo la pista, que me intriga saber dónde está su madriguera, cómo soporta el verano un animal como él, aunque tal vez no sea un oso pardo, mucho menos un pequeño oso de anteojos, es más un oso polar que se pasea por Ramat Gan al caer el sol y yendo un poco más lejos, tal vez es uno de esos pobres osos polares que han quedado sin hogar por el calentamiento global, tal vez el pasto del Marabú se siente como la nieve y por ello todos los días lo visita, para recordar cómo se siente su textura mientras se fuma un cigarrillo.
La Pandilla

En la mañana nunca es posible ver a la pandilla, las nueve de la mañana es una hora muy temprana para el grupo que atemoriza los alrededores del puerto de Haifa y por eso paso por la calle que conduce a mi trabajo con el alivio de saber que no estarán allí, con la esperanza de que no saldré tarde esa noche y tendré que evadirlos al salir de la oficina.
La policía ya está alertada pero ninguno de los miembros de la banda está sólo y se cuidan uno a otro para no ser descubiertos o asaltados por alguna rata callejera, que las hay de su mismo tamaño, igual de feroces y ágiles, pero a horas aún más oscuras.
Ya los he contado varias veces al pasar junto al basurero y si no estoy mal son 7, dos de ellos, los más corpulentos, están tuertos y cuando los miro al rostro intento sentir compasión pero me tiemblan los huesos cuando siento que me observan al mismo tiempo, cómo si complementaran su visión y se unieran para ser uno sólo más sagaz y peligroso, serían 8 garras, en lugar de 4, mucho peor que la experiencia en esa recurrente pesadilla en la que el gato se aferra a mis piernas con las uñas completamente enterradas a mi carne mientras lloro de dolor y trato infructuosamente de desprenderlo. Si un día me animo, de pronto pase por allí y le deje a la pandilla una lata de atún, de pronto así me hago su amigo, de pronto así paran las pesadillas.

10 julio, 2009
Benny, me escuchas?

De alguna manera y mientras crecía había sentido que no era correcto que los oscuros sirvientes comieran en el suelo, sentados en el escalón de la entrada o en el patio, que no pudieran compartir los mismos espacios “públicos”, o vivir en el mismo barrio. Percibía desde entonces el secreto de la igualdad intuitivamente y contra todas las disparidades que se consideraban normales.
Creo que aún con vergüenza, me confesó que la discriminación racial era la regla general del lugar donde creció y por eso la aceptaba, pero cuando le llegó el día de ver a las morenas bailando con los lechosos ingleses en Londres confirmó que las diferencias no estaban en el color de piel, sino en el color de los pensamientos y alimentó su deseo de dejar Suráfrica, ese país del que casi siempre renegaba, donde le tocó nacer y al que no quiso volver.
Benny eligió una mujer que compartiera sus sueños y se casó con Sadie, una muchacha dispuesta a seguirlo hasta el fin del mundo y con la que hizo las maletas para mudarse a la más o menos recién fundada tierra de Abraham. Equipado con una cámara de video en una época en la que no era un artefacto común y a sabiendas de que algún día ésta máquina del tiempo no sólo traería el pasado al presente, sino que sería la excusa perfecta para reunir a sus nietos en casa, Benny viajó filmándolo todo y desde entonces no paró de documentar la vida de su familia, una familia que crecería en Israel y en la que nacería la mujer de la que yo me enamoraría.
Benny es el abuelo de Morán, y fue mi oportunidad de sentir nuevamente lo que es tener un abuelo. En muchas cosas idéntico, en muchas tan distinto a mi abuelito Alfonso, Benny siempre tenía una historia que contar y un apunte gracioso que agregar, unidos por la ausencia del idioma pues nunca pudo aprender hebreo, me sentaba siempre cerca de él en las reuniones familiares para conversar y preguntarle cosas del pasado y de su forma de pensar.
Con la aparición de Benny nació para mí la oportunidad de reparar mis faltas y pude dedicarle a él el tiempo que tal vez le negué a mi abuelito. Viajaba casi todos los fines de semana a su casa para arreglarle su computadora, enseñarle a manejar un DVD grabador o tomar la foto de algún cuadro al que quería hacerle una réplica en lentejuelas. Él lo supo agradecer y así me lo dijo la última vez que lo vi agonizando en la cama de su hospital. Ese día me dio la bienvenida a su familia, me dio la oportunidad de decirle cuanto cariño le tomé y lo que representaba para mí. Él, con su eterna humildad me dijo que no creía haber sido capaz de reemplazar a mi abuelo y repitiendo innumerables veces su agradecimiento se fue sumiendo en el letargo que le producía la morfina.
Hoy Benny ya se fue a otro lugar. Moran dice que es muy rara esa sensación de ya no poder hablar nunca con una persona a la que quieres, y yo estoy de acuerdo. Sin embargo estoy seguro que Benny y mi abuelito ya deben ser buenos amigos, en ese lugar donde no importa que Benny hable inglés y mi abuelito español porque a los dos les fascinaba viajar, y seguro están juntos en éste viaje del que nadie sabe nada.
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Buscando siempre algo que hacer, Benny construyó innumerables réplicas en madera de la torre Eifel, la Torre del Reloj, la catedral de San Pablo y el palacio de Buckingham entre otros, se pasaba el tiempo construyendo servilleteros, cuadros de lentejuelas con mil colores y atendiendo a su esposa. Obsesionado con la actividad, sin el mínimo de deseo de tener tiempo que perder, Benny ha dejado una galería que se puede admirar en un pequeño lugar en Internet que le construí antes de conocerlo y en el que están su obras más importantes: http://www.geocities.com/fretworkband/
